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Déjame | Colores cristalinos

Actualizado: may 18



Déjame


Recuérdame en el amor que olvidamos hace algunos meses.


Grítale a la luna hasta que te quedes sin voz,

y déjame otras cien veces.


Pero recuérdame,

y no le grites a mi recuerdo embravecido.


Pero no me grites,

y recuerda por qué nuestros ojos

siempre fueron puente entre nuestro contenido disuelto.



Colores cristalinos


I

Las miradas que cruzan

rapaces, feroces y agitadas.


Escapando se nublan

en vacíos de letras esfumadas.


Ten miedo de mis ojos,

que se vuelven maldición de un cuerpo caído.


II


Si la arena llorara

en cristales reflejando sonrisas.


Hasta en el desierto lloverían deseos,

sueños y mentiras.


III


Claro que la selva habla,

cuenta del verde bailando con el rojo.


El amarillo radiante y punzante,

los animales corriendo de un lado a otro.


La boca vencida del árbol anciano.


Pensamientos de amistad sincera y despreocupada.


Los labios afilados de los helechos húmedos.


El aliento de las estrellas en la estrechez de la noche.


El milagro de la luna saliendo sola,

gritos lanzados de la risa de la aurora,

la constante sonrisa de la precisión ciega.


Una canción de acordes que no existen,


Un discurso de pasión incomprendida,


Un revoltijo de polvo, recuerdos, e ilusión perdida.


V

Aquí la sombra,

dando más luz que el vacío que dejó tu mirada.


Aquí la luz,

más oscura que el destello de tu sonrisa esfumada.


Son los polos convertidos.


El aire en piedra flotando mil amaneceres.


La noche blanca,

cantando mis indebidos quereres.


VI


Dejé de escribir en rojo porque me enojaba.


Con el negro la mano me tiembla,

pero el azul es de cuando lloraba,

y el verde se esfumó en la niebla.


Sigue siendo la punta la que se mueve,

en algunos años, todo el color será suerte,


VII


Me hace falta estar solo,

hablarme de lo que dejé atrás.


Ser amigo de mi propia vida,

dar todo sin siquiera poder ver qué hubo detrás.


Marcharme de un presente poco civilizado,

andar por los jardines mudos de mi lejano pasado.


VIII


¿Conoces a mis labios?

Se fueron hace tiempo y dejaron de ser míos.


Ya no sé qué dicen, hablan por mí,

suenan grises.


IX


Arranqué una hoja por odio.


O por amor, o por gozo.


Arranqué una hoja por tonto,


pero le cayó una lágrima de odio.


X


Solía dibujar sobre mis versos.


Pensé que era para darles vida.


Pero creo que era para ocultar sus centros.


Olvidé que la poesía de por sí está viva.


XI


Una gota de tinta

hará más en el mundo que toda una guerra.


XII


Hay un eco atorado en mi oído.


Repite, repite, repite.


No entiendo bien ni qué es ni de dónde vino.


Salta, salta, salta.


Es voz, es canto, es místico.


Vive, vive, vive.


Cuando parece que se ha ido

mata, mata, mata.


XIII


Que extraño que la sal del mar

esté ahí en un frasquito de cristal.


Que la arena sepa hablar,

y ocupe su saliva sin querer alardear.


XIV


Se me olvida que tus miradas,

que parece que delatan cielo,

son ideas de mi mente rosada,

y en realidad me gritan miedo.


XV


Hay magia en saber saltar,

estar ahí en el aire,

sujeto a la ilusión furtiva de volar.


Hechizo cómico, poder soñar.


Estar ahí en el aire,

respirando un polvo púrpura de cristal.


XVI


Encerré hace días mi cariño.


Lo privé hasta de mí mismo.


Le había enseñado a cantar.


Pero quiso bailar, sin saber todavía caminar.


XVII

Miro a veces las marcas sobre mi piel,

deben ser tu lejanía devorándome en sus horas.


Quiero que no corten y me hagan sangrar,

que me enseñen a repararme de tu castigo.


Quiero que no crezcan y te hagan marchar.

aunque el atardecer a veces se quede contigo.


Miro a veces tus ojos sobre mi piel,

y ahí sé que debe ser filosísima la aurora.

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