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De la memoria: un recordatorio y un consejo

“Si el olvido suele ser una técnica de equilibrio emocional, el pasado no es sólo otro país, es también otro idioma jubilado, el funeral de muchas palabras clave.” – Carlos Monsiváis


–Ciudad de México, a 25 de Junio del 2018


El poder de la memoria


Hoy lanzo la pregunta: ¿cuántas veces debemos pagar el precio de la codicia para entender que no debemos dejarnos? Creo que con algo de esfuerzo, hacerlo ayudaría a darnos cuenta de la importancia de las tragedias de nuestro pasado. Son en los momentos de mayor oscuridad en los que podemos ver más claramente de dónde vienen los rayos de luz. Hay que saber que solo la conciencia histórica puede indicarnos la salida de este círculo de vicios.


Más de uno puede notar cómo el canon de escritores mexicanos de la segunda mitad del siglo pasado hizo un gran esfuerzo por difundir la idea de que la persistencia y transformación de la memoria colectiva son los agentes que moldean la forma del país que despertará mañana.


Son ellos como una mano tendida al vacío, tratando de despertar a este país de un sueño pesado. En su legado está la materialización de la memoria de aquellos testigos del pasado, embellecida con su talento y perfeccionada con su corazón. Justo la ilusión que circunda sus vivencias es la que le permite a su alma cantarle a la historia.


Creo que ningún historiador estaría contando correctamente una historia si no lo hiciera desde sus lágrimas. Son los vestigios de intelectuales y artistas los que no solo cuentan qué pasó, describen cómo se sintió –que creo que es más importante–.


Aunque dicen que una imagen cuenta más que mil palabras, yo creo que las palabras correctas pueden llegar a tocar con mil veces más intensidad al corazón.


Hay que saber que no recordar le ha costado la libertad a otros países y destruido a las más grandes sociedades. Es un reto traer al presente el aprendizaje de lo que le debemos a nuestro pasado.


Permitirnos recordar


Al margen de los eventos que inundan hoy los medios, este año también toca recordar con dolor el cincuenta aniversario de una historia de terror.


Es triste que la matanza que no se olvida ahora parece ser más uno de esos ecos difusos perdidos en el tiempo. La impunidad sigue riéndose desde el mismo balcón, mientras aquí abajo a todo lo puede seguir escondiendo un balón. Y lo que da miedo es que cuando ese orate no ríe, mata.


“Nunca más” repitieron los valientes sin cansancio. Ahora más bien nos pregunto: ¿otra vez?


Al país del que nació el 68 lo recordarán sus contemporáneos por la desigualdad generalizada, el régimen antidemocrático de una élite política, promesas incumplidas de un progreso discriminante, la peligrosa crisis de la estabilidad global, el helado culto al individualismo, y la injusta focalización de las zonas del desarrollo. Los que no puedan recordarlo pueden mirar por la ventana casi al mismo país convulsionando.


Decía Monsiváis que en ese entonces se gritaba en las calles: ¡no queremos olimpiadas, queremos /revolución/! Ahora no sé qué tal. Hoy es cotidiano leer de fosas clandestinas junto a un anuncio de la farándula del medio. Es cotidiano escuchar de la pobreza o la falta de agua. Es cotidiana la violencia que arrasa y la infelicidad que consume a nuestra tierra. Es cotidiano huirle a la resistencia, cerrar los ojos y tratar de caminar como uno pueda. Esos gritos revolucionarios ahora son susurros de una esperanza muy ingenua. Quien en este país todavía sueñe con un cambio, será acusado de soñador.


El mero recuerdo del 68 es el alfiler que rompe la burbuja que no nos deja ver este mundo de locos y fratricidas en el que seguimos viviendo. Solo días antes de la matanza hablaba el ing. Barros Sierra con puntualidad –siendo en aquel momento el rector de la UNAM, con motivo del pleito de la comunidad universitaria con el gobierno federal– sobre la defensa de las /causas libertarias/ del país que fue siendo México. Me he puesto a pensar en la selección de sus palabras: –las causas libertarias–. Parece querer compartirnos la idea de que la libertad no es una condición inherente a la interacción en sociedad, sino que es más bien un ejercicio cotidiano. Un rascacielos sin techo. Creo que nos hará falta asimilarlo.


Habló un gran filósofo alguna vez que sólo la elevación del espíritu a través del autoconocimiento nos dará la libertad. Conducir a un México incapaz de recordar su propia historia es querer manejar un león agazapado, tratar de hacer volar el cadáver de un ave. Es tener a un país tras las rejas de su pasado.


Sería tramposo decir que este país no ha crecido. Más preciso sería admitir que a nuestra sociedad no se le deja crecer por igual. Siguen siendo muy pocos los ricos y muchos los pobres, pese a que son muchos los buenos, y pocos los malos. El poder parece alimentar más a ese circulo enviciado que cualquier motivo de justicia.


Hoy puede más un billete que una lágrima. Las burbujas en este país son demasiado densas y cegadoras. Y ese maleficio de unos cuantos parece ser más fuerte. Siguen siendo las mismas familias poderosas y organizadas, un presunto contrapeso que tiene más de ficción que de cualquier otra cosa. La impunidad de los criminales y la corrupción de los vigilantes.


Monsiváis alega con justa razón que la democracia en este país empezó con una bronca, que se hizo en las calles. Que lo que marca el 68 es el nacimiento de una cultura cívica y política. Pero democracia en México aún no encuentra algunas voces de exigencia que broten de su pueblo. Falta que los soñadores vuelvan a salir a las calles y ocupen algunas sillas.

Pienso que al voto este año no solo lo mueve el enojo. Sería ingenuo nombrarlo tan escuetamente. Al voto este año lo mueve también el hartazgo del abuso, la corrupción tan grosera, y la ineficacia tan absurda del disque Estado de nuestra nación. Al voto este año lo mueve el deseo del cambio. Podemos perdonar, pero ya nunca olvidar.


Ulteriormente esto también es democracia. Y si habláramos desde Bergson sobre el péndulo de la historia, sería justo admitir que en realidad no nos hemos deslizado por esa espiral con tanta facilidad. Más bien estaremos como congelados en un capítulo que duró demasiado. Me parece que este capitulo puede terminar con estas elecciones. Quien acuse a cierto voto de injustificado, debe saber que en cualquier democracia debe haber transición para consolidarse como una madura. La renovación de las generaciones políticas depende en gran medida de saber cuándo pasar la pelota. Pero hay un equipo que no ha querido cooperar. Y sé que los soñadores están ahí, los vi en las calles el pasado 19 de septiembre.


De resultar ganador, Andrés Manuel López Obrador tendrá en sus manos el material que moldeará el destino de lo que la democracia significa para México. Tendrá la responsabilidad de probar a tantos mal, y el compromiso con tantos de que les empiece a ir bien. Tendrá que ser mago, o superhéroe. Para cumplir sus expectativas esperemos que al menos sea una buena persona, honesta y trabajadora. Dicen que Andrés sabe mucho de historia, creo que por eso su insistencia de crear una conciencia histórica.


Hoy un mal gobierno interpreta el papel del berrinche de un niño enojado, de un niño con miedo a que le quiten sus juguetes, de que lo manden a dormir sin cenar. Pero ya no puede presumirse de víctima un grupo de abusadores compulsivos. Sepámoslo: ese mal gobierno no es un niño. De inocente o ingenuo no tiene nada. El símil le iría más a un torcido sociópata.


Un consejo


No creamos que es suficiente votar con el corazón, hay que hacerlo también con la cabeza. Una que esté limpia de la guerra sucia de los medios, que esté serena ante los horrores del pasado, sin olvidarlos. Que sepa que no importa quién esté ahí arriba si no tiene alguien abajo que le esté gritando. Recordar no es solo llorar, es también el instrumento que desmitifica a la impunidad, la corrupción y la injusticia. Es nuestra lupa para estudiar lo que está pasando, y nuestra guía para decidir juntos lo que queremos que pase.


Dicen que no es momento de improvisar. Pero pregunto: ¿cuándo será momento de que quiten sus afiladas garras de lo que es nuestro? No hablo del dinero, hablo de nuestro país. Para bien o para mal, es ahora. Si caemos al hoyo ojalá sirva para levantarnos más fuertes, y si nos va mejor sepamos analizar y exigir esas nuevas oportunidades.


Pese a lo negativo sigue habiendo amor al país de uno, a esos tres colores que me hacen vibrar. Ver este cielo que nos levanta siempre tan majestuosos o esta tierra de llantos que misteriosamente logra despedir tanto gozo. Vernos luchadores, vencedores y amorosos. Lo onírico de nuestra gente. Sabernos mexicanos. Eso es lo que también nos debe hervir la sangre al pensar en nuestra historia.


La manera en la que crezca este pueblo con las elecciones será lo determinante. Dejemos de pensar que tenemos el gobierno que nos merecemos. Merecemos un buen gobierno, punto. Aprendamos que solo el respeto al ayer le enseñará algo al mañana.


Y si nos dicen soñadores, ¿qué es México sino estar hechizado con la magia de la luna? Es soñar con lo que puede ser. Disfrazar al alba de mito, y que cuando caiga la noche sea una realidad. Los mexicanos tendríamos que ser lunáticos. La palabra México, literalmente significa “En el ombligo de la luna”.


– Esteban Rosado Méndez


*Recomiendo, si quieres saber más sobre el 2 de Octubre:

  • El movimiento estudiantil de México, de Ramón Ramirez.

  • El 68: La tradición de la resistencia de Carlos Monsiváis.

  • Los varios poemas de Octavio Paz o Rosario Castellanos.

  • La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska.

  • El País de uno de Denisse Dresser.

  • La película de Jorge Fons: Rojo amanecer.

Estos textos ayudaron a escribir esta reflexión.

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