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Deberías ponerle más atención a tus muebles (II)

Recuerdo el vehículo en el que nos trasladaron en total oscuridad, en par de un silencio desgarrador. Ningún mueble sabía qué había pasado ni a dónde íbamos. Algunos pensaron que seríamos llevadas a un lugar como aquel primero, para ser restauradas y entregadas a otro dueño. Otros pensaron que iríamos a una casa de subastas para ser vendidas. Mayormente, estos últimos fueron los muebles más viejos, porque disque la mejor gente los iba a desear con ganas –la verdad es que yo creo que es al revés–. Todo esto me llegó después por una amiga silleta que estaba cerca, porque en el transporte todas íbamos mudas. Y a pesar de la oscuridad, yo podía ver el miedo en el aire.


Ya hablando de mí, yo creía fieramente que nos llevaban al basurero. Pero en realidad, las alternativas no eran ran fatales como vacías del respeto a nuestra dignidad, y sin el más mínimo reconocimiento a nuestra capacidad de autodeterminación. Todo se volvía equivalentemente trágico. La única posibilidad que me parecía esperanzadora era la de ir al basurero a morir. Había estado sufriendo demasiado tiempo en casa del anciano. ¡Ya no quería ser una silla encadenada a cualquier tirano! En la muerte sería dueña de mi vacío. Dueña de mí misma.


Llegamos después de unas horas en un silencio absoluto que se rompió con la reja trasera del vehículo. Sí, era un lugar elegantísimo. Un intenso color blanco rugía en la entrada, con preciosas columnas corintas por la entrada y un bellísimo frontón adornado por ángeles que expulsaban chorros de agua tan lisos que hubiera jurado que eran de cristal o diamante. Jardineras reventadas con las flores más preciosas, y un fondo adornado por el paisaje onírico más dulce.


Ahí dentro todo estaba ornamentado con detalles de oro resplandecientes y motivos religiosos de épocas antiquísimas. Reliquias de las civilizaciones más antiguas, decenas de humanos en vestimentas monocrománicas, y las esculturas más deseadas por cualquiera que pueda decir que aprecia las artes plásticas.


Atrás del edificio principal habían los jardines más hermosos que había visto en toda mi vida. Incluso más que los del famoso parque de Chapultepec de los que todos los muebles hablan en tono de leyenda, o del Palacio de Versalles que veía horas por la madrugada cuando el anciano se quedaba dormido viendo la televisión y pasaban siempre el mismo documental sobre Luis IX una y otra vez, en el canal once.


Pasaron a asignarme mi lugar cerca de una alberca, bajo un toldo que parecía un monumento a la opulencia. Era más grande que cualquier espacio regular, incluso que una casa espaciosa de cinco habitaciones. Habían mesas de billar, una barra de licores –extensa–, y muchísimos lujos de los que uno sueña por las mañanas.


Y hasta el día de hoy he estado aquí, pegada a una mesita de servicio junto a la mesa de billar. Y la verdad es que veo que mi vida ahora es plena. Veo muchas aventuras a diario, habito un lugar precioso, y la gente me utiliza con delicadeza y respeto.


Ahora con el tiempo descubrí que aunque la libertad es algo que he anhelado con fervor desde mi juventud, me encuentro últimamente a mí mismo preguntándome el porqué. Esta vida no me dejó nunca ser libre. Nunca había parado a preguntarme cuál es el caso de pasarme la vida persiguiendo una nube. Creí haber sufrido muchísimo por eso. Y ahora que veo que no puedo controlar nada de mi vida, al fin acepté que todo llega y todo pasa, y no puedo intervenir en ese proceso.


Algún día esta silla será en vez polvo, tierra o roca.

Nunca dejaré de ser una cosa. Nunca tendré alma o podré sacar una lágrima.

Ni podré hablar, ni escuchar, ni amar.


La libertad es un beneficio exclusivo de aquellos que tienen la capacidad de decidir sobre la vida de los demás. La libertad nunca será para las sillas.

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