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El debate público versión millenial




En el fondo de toda postura política hay una concepción particular de la naturaleza humana, nuestro lugar en el mundo y la moral. Una idea de lo que "debe ser" o "no ser" de acuerdo a la versión que se tenga de qué son los seres humanos y qué hacen en este mundo. Tema complejo, pero en el fondo todos nos manejamos con una versión u otra de estas cuestiones, y son la base de mucho de lo que hacemos y decimos, aunque no nos demos cuenta.


Como ciudadanos de una democracia, tenemos el derecho a defender nuestras ideas, intereses y convicciones en el debate público, ejercicio esencial en la construcción de una sociedad democrática. Sin embargo, la discusión suele quedarse en lo superficial y evadir las cuestiones de fondo. Un gran ejemplo de esto fue el debate presidencial que, a pesar de haber mejorado su formato de estas elecciones a las pasadas, mantuvo un contenido mediocre. Esto no necesariamente es algo atribuible al INE, pues los moderadores hicieron en su mayoría un buen trabajo, y en cualquier caso los detalles del formato son fáciles de modificar: darles un minuto más, uno menos; hacerles x o y número de preguntas, etc. El problema estuvo en los candidatos, que usaron el debate como un lugar para descalificar a sus contrincantes y repetir mensajes de campaña que oímos hasta el cansancio. Poco pudimos conocer sobre sus perspectivas y propuestas para lidiar con los problemas del país. ¿Dónde quedaron las grandes cuestiones? ¿En qué momento, en qué lugar, hablaremos de los problemas que realmente aquejan a nuestro país? Algunos dicen que ya, ahora sí, en el período de transición se deben poner todas las cartas en la mesa y debatir sobre las promesas y propuestas de campaña. Sobre qué vamos a hacer con los niveles aberrantes de violencia, corrupción e impunidad, las grandes preocupaciones del mexicano. Deliberada ya la elección, todos alistan sus plumas y megáfonos para entrar en la discusión de lo que será el proyecto de nación por los próximos 6 años. Sin embargo, muchas personas no tenemos una columna de opinión en el periódico ni un podium desde el cual declarar nuestras posturas.


Lo que sí tenemos es un celular, una cuenta de Twitter y muchas ganas de debatir y opinar. Esto ha sido cierto tanto en el periodo de campañas como ahora. Lamentablemente, los últimos meses Twitter se ha vuelto un lugar hostil, tanto para el diálogo como par la verdad. Hay todo tipo de tuits que se sirven del anonimato de las redes sociales para hacer comentarios agresivos o compartir información que es falsa. Vemos muestras de clasicismo, discriminación, odio, furia, resentimiento social...la lista es larga. Al mismo tiempo, hay un problema de desinformación enorme que se ha usado para manipular y distorsionar la percepción de los hechos. De hecho, un estudio del MIT demostró que en Twitter las fake news se esparcen con mayor facilidad que las noticias verdaderas, y más aún aquellas de índole político, por el simple hecho de ser más atractivas. Todo ello ha contribuido a degradar el nivel e integridad de la discusión. El formato no es el ideal por su inmediatez y espacio reducido. La artificialidad de las interacciones se refleja en las falacias y vacuidad de los argumentos. Sin embargo, hoy Twitter es el lugar preferido para debatir puntos de vista, compartir opiniones y hacer críticas; es el debate público versión millenial, pues también tiene sus puntos a favor. Es bastante accesible, todos pueden participar y los intercambios son fluidos. Se tiene la facilidad de bloquear a un usuario molesto o simplemente dejarle de contestar. Aunque entiendo la razón de ser del bloqueo (seguridad del usuario) no es muy sano para el debate, pues es una manera de facilitar la intolerancia, de poder “callar” al otro cuando nos incomoda, en vez de tratar de mediar. Se abusa de la comodidad de atacar detrás de una pantalla.


Otro de sus problemas es que muy rápido se puede volver un “echo chamber” donde solo se replican las ideas que son similares y el usuario acaba leyendo solo a usuarios que piensen como él o que no retan su punto de vista. No hay un debate real, no se cuestionan las preconcepciones y se degrada la cálida del debate. Entonces pregunto ¿Qué podemos hacer para mejorar la calidad de la discusión? Primero que nada, tener la apertura a ser cuestionados. Tanto por otros y, más importante aún, por nosotros mismos. No es fácil enfrentarse a uno mismo, sin embargo nos parece demasiado fácil enfrentarnos a los demás. Ya lo decía T.S Eliot: “...nuestras vidas son en su mayoría una evasión constante de nosotros mismos”. Hay que atrevernos a conocer y retar las verdaderas motivaciones detrás de una postura o convicción, en especial las propias. Dejarnos afectar por el punto de vista del otro sin responder con agresividad. Saber ser vulnerable es la mayor de las fortalezas.


Al cuestionarnos, corremos el riesgo de darnos cuenta que no tenemos la razón. Es chistoso porque suena simple, pero la mayoría del tiempo carecemos de la humildad para si quiera pensar que podríamos estar equivocados. Eso suele ser un golpe en el ego que muchos no están dispuestos a tomar. Requiere coraje exponerse, pero sólo si nos dejamos ver contra luz podremos ver nuestros contornos. Yo creo que vale la pena. El siguiente paso es evolucionar, cambiar, crecer. Dejar que nuestras ideas o concepciones cambien no es una hipocresía, es la madurez de alguien que se sabe humano y está dispuesto a mejorar.


Los invito a cuestionarnos y a construir un debate público de mayor calidad. A dejar de evadirnos, hacernos responsables de lo que creemos y saberlo defender.

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