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¿La tercera es la vencida?

– Mérida, Yucatán. A Lunes 25 de Junio del 2018.

Nos encontramos en la última semana de un sofocante, agresivo e intolerante proceso electoral. Falta poco para que tengamos en nuestras manos la boleta en la que cuatro decepcionantes candidatos habrán intentado encarrilar las pasiones y el hartazgo nacional a su favor. Teniendo como probable ganador al que mejor supo venderse como la solución que imploran los mexicanos.



Algo es seguro: los mexicanos vamos a dar un autoritario golpe en la mesa despidiendo al PRI. Le decimos “¡basta!”. Lo enterramos en una fosa igual a la que el priismo utilizó durante este sexenio -uno de los peores- en el que los periodistas fueron censurados, perseguidos y asesinados; en el que los estudiantes, los héroes nacionales que representan la esperanza, los #YoSoy132, los 43, los que cuestionan y los defensores de aquellos que no son escuchados; fueron desaparecidos, asesinados, torturados y violentados en su derecho a un debido proceso de justicia. Los mexicanos decidiremos ponerle fin a un gobierno cimentado en la vetocracia, cleptocracia, corrupción e impunidad, cuyas instituciones fueron manipuladas. Por ejemplo, la PGR en sumisión al PRI, con los casos de Odebrecht, el de la Casa Blanca por el Grupo Higa, la estafa maestra, Rosario Robles, Javier Duarte, César Duarte, y desafortunadamente un profundo etcétera.



En la historia reciente los mexicanos hemos sido víctimas de los procesos electorales de 1988, 2006 y 2012, que fueron cínicamente viciados en su autenticidad y libertad. Elecciones en las que las instituciones, no fueron más que peones de la partidocracia binominal PRIANISTA, con un instituto electoral permisivo, cómplice y pasivo. Al igual que un Tribunal Electoral inútil, sumiso. Como un torero al otro lado del telón de acero. Sumándole a todo esto las intervenciones tóxicas y sistemáticamente nocivas por parte de los presidentes en turno, empresarios y medios de comunicación, todo parece indicar que ahora sí, la tercera es la vencida para el candidato Andrés Manuel López Obrador.


Nuestra historia electoral coludida con el fraude y una endeble democracia nos ha hecho pensar que hemos perdido el rumbo. Que nunca va a ganar quien queramos y que hagamos lo que hagamos, el sistema va a conspirar contra nuestra voluntad. A esto hay que añadirle tres desesperanzadoras elecciones en las que creíamos haber electo a un candidato capaz de ser el cambio sistemático que nuestro país a sollozos imploraba. Del PRI al PAN y del PAN al PRI, hasta que hoy, en pleno 2018, llegamos a la conclusión de que nos encontramos ante un pacto de impunidad promocionado como el Dr. Jekill pero funcionando como Mr. Hyde.


La creciente bola de nieve en caída libre desde la cima de una montaña, recibe el nombre de hartazgo, esa es la conquista de Andrés Manuel. Gran parte del electorado que mantiene de puntero al candidato morenista pretende inclinarle la balanza por ser ese orador populista y demagogo que endulza los oídos mexicanos, siendo interpretado como “la esperanza del cambio”. Algo así como el pastor humilde que va a guiar a las ovejas hacia el progreso. Pero ¿cómo lo hará? No estoy seguro.


AMLO nos ha demostrado con el pasar de los años que es alguien voluble y con una capacidad de metamorfosis que le permite mover las fichas en favor de su anhelada presidencia. Alguien que es capaz de pactar con los viejos priistas y subirlos a su victoriosa arca de salvación para evitar sus muertes políticas en un moribundo partido. Alguien que logra unir a los viejos dinosaurios sindicales que han entorpecido la educación en México. Alguien dispuesto a unirse al pacto de la impunidad del PRI para mantener el control tanto de asociaciones civiles como del Instituto de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales sin importarle ser un irrespetuoso de las instituciones. Incluso de la Suprema Corte, de cuyo origen es su próxima secretaria de gobernación. Ha demostrado ser alguien que en su cobardía conservadora pretende poner a consulta temas relativos a derechos humanos de las mujeres y comunidad LGBT como lo son el aborto, matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción homoparental, olvidando que el artículo 11 de la Ley Federal de Consulta Popular restringe que los derechos humanos sean sometidos a esto. Por último, es lamentable su desprecio hacia los temas relativos a la política exterior para defender a México en una disputa acalorada y ruda como lo es el TLCAN, con un rival necio que no dará su brazo a torcer, y que necesita de alguien que imponga autoridad, que sepa comunicarse y sobre todo recobrar el respeto que se perdió con la invitación a Los Pinos.


Me agrada de Andrés Manuel su interés en el pueblo, su intención de empoderar a los campesinos, a los pobres, a los marginados y olvidados por un sistema unilateral. Me agrada su capacidad de rodearse de expertos en los campos necesarios, sin embargo, no creo que sean elementos suficientes para ser la cabeza del Estado mexicano.

Me preocupa su falta de liderazgo, la pobre argumentación con la que defiende su proyecto de nación, su desprecio a la política exterior, su monocromática visión de la corrupción, sus propuestas no explicadas, infundadas o no argumentadas. Pero más que lo anterior, me preocupa su intolerancia a la oposición etiquetada como conspiradora de la mafia del poder. Después de lo visto en el debate e independientemente de su posible canciller ¿lo vemos defendiendo a México frente a Canadá y un energúmeno Donald Trump?


México necesita a un presidente que sepa unir al país del primero de julio en adelante, que pueda reparar las coyunturas que este proceso tan agresivo ha creado, que levante las instituciones que los cuatro candidatos han devaluado y, esencialmente, que sepa defender y sacar lo mejor de los mexicanos dentro y fuera del país. Desgraciadamente, no veo a ninguno con madera de pacificador.


Haciendo alusión a Denise Dresser, los electores independientes políticamente huérfanos nos encontramos otra vez en una encrucijada. En un forzado proceso de decantación hacia el menos peor. Nuevamente tenemos una clase política mediocre, corrupta e impune, en donde ninguno parece representarnos. En la boleta desfilan desde un pseudo ciudadano hasta un delincuente electoral. Siento alivio de que estos seis años peñistas lleguen a su fin, pero no sé si a México le augure un mejor futuro.

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