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La verdad sobre las nubes



Llegué un poco temprano a la mesa donde estaban sentados Javier y Andrea. Su mirada lo dijo todo, aunque su boca parecía congelada. Es extraño que los párpados puedan robarle el reflector a los labios.


Dejé en la recepción un sobre vacío. Doris hizo como que no se dio cuenta. Al terminar la junta salí de ese gran edificio con palabras de aliento pero sin publicación. Dejar el sobre ahí parecía lo más sensato.


Entonces salté del puente. A medida que caía se sentía como que fuera subiendo. Era porque en realidad subía, subía a las nubes.


Ya ahí me di cuenta que las nubes son más duras de lo que me habían contado. Una vez Miranda López me dijo que se subió a una nube tan esponjosa como un malvavisco. López siempre fue mentirosa, no sé por qué pensé que podía creerle. En una ocasión dijo que un gigante le había roto el espejo de su coche, pero Miranda nunca ha tenido el dinero para comprar nada, menos lo tendría para comprar un coche.


Yo pensé que podría controlar hacia dónde se movía esa nube. Más bien parece que tienen voluntad propia, o incluso que son parte de algo mucho más grande que les dice a dónde ir. Desde arriba el cielo se ve todavía más azul, y la superficie de este mundo logra despedir todavía más tristeza.


Pese a lo duro de ellas, entiendo por qué dicen que son tan suaves. Es porque son efímeras. Son suaves de carácter. Una nube no podría resistir una campaña para ser presidente, ni dar un concierto en el Palacio de los Deportes. A una nube le iría más escribir poesía o pintar un cuadro.


Ahora tenía que ir cambiando. Si me quedaba en una sola nube ésta iba a desaparecer y yo caería. Me di cuenta que no era el único saltando.


A veces se nos olvida que no somos tan especiales como pensamos.


Las nubes ya cambiaban de color y se volvían naranjas, y de ahí se tornaban a Gris Extraño. Ya era de noche e iba a llover. Es difícil describir la textura de una nube a punto de despachar su contenido. Es como cuando tienes ganas de llorar y al apachurrar tus ojos despiden tantita lágrima.


Al empezar la lluvia quise cambiar de nube (por ocioso) y terminé resbalándome para caer al vacío. Bueno, en realidad no era un vacío. Ahí estaba esa ciudad aburrida y gris de la que me había escapado unas horas.


Me gustó caer, no sé por qué tanta gente le tiene miedo. Esa adrenalina muda me dio tanta paz como una pastilla carísima.


Ya aquí abajo me di cuenta que mi sobre había sido publicado con otro nombre. Qué feliz me sentí. No importa que no lleve mi nombre, importa que está ahí afuera y la gente lo está consumiendo.


Al final me di cuenta que Miranda López tal vez no era tan mentirosa. A veces las cosas más suaves son las que menos lo parecen. Aprendí que lo suave no se restringe a la textura, sino que puede referirse a lo más precioso del alma. ¿Toda alma será suave? Yo creo que sí. Al menos toda alma tendrá cierta suavidad.


Así, en ocasiones los gigantes son más grandes que uno mismo. Ellos destruyen porque no saben hacer otra cosa. Está mal culparlos por eso. Está mal huirles por eso. Uno tendría que saber hacerles frente con la gracia que le ha heredado el cielo.


Y las nubes. ¿Qué puedo decir de ellas?


Son duras pero me recibieron cuando caí, mientras creí que subía.



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