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Los millennials descubren la política


Millennials haciendo ruido del bueno en Inglaterra.


“Eres bien grilla”, “tu vas para polacas”, y frases parecidas suelo escuchar cuando le platico a las personas lo que hago, estudio, o me gustaría hacer con (parte de) mi vida. Las expresiones del tipo tienen una connotación algo negativa, pero aquí me gustaría tratar de darle otro sentido.


Los que nos involucramos en la actividad política de nuestra sociedad solemos ser vistos con algo de extrañeza, y no sin algo de desconfianza por el resto de las personas. Para mi siempre ha sido un interés natural, pero sé que eso no es lo común en las personas de mi generación. Esa extrañeza y desconfianza no son más que la reacción mecánica a un sistema político que le ha fallado a la mayoría, una clase política corrupta y poco representativa y un general desgaste y hartazgo hacia todo lo que tiene que ver con política. Sin embargo, yo no veo el caso como perdido. La “política” no es más que la actividad organizadora de los asuntos públicos, de la vida en sociedad. Política no es igual a corrupción, política no es igual a violencia, política no es igual a impunidad, aunque en este país se insista en que sí. La política es una necesidad del ser social, y al estar viviendo en una democracia, es fundamental que las personas comunes se involucren en ella. Ya lo decía Aristóteles, somos animales políticos. Como especie hemos tenido éxito por nuestra capacidad de cooperación y organización colectiva. Las civilizaciones que se han derrumbado suelen presentar sociedades desintegradas, heridas por la violencia o por un desastre que desequilibra el orden social y colapsan en anarquía. 


Los fenómenos más preocupantes que vemos hoy a nivel social, (desigualdad exacerbada, discriminación, violencia, corrupción e impunidad, desastre ecológico causado por la actividad humana) no se explican solamente apuntando a tal o cual persona, gobierno, ni sistema. Fenómenos así de complejos suelen involucrar a la sociedad en su conjunto a través del tiempo como parte del problema, pero también, necesariamente, de la solución. La política es esa herramienta que puede convocar, movilizar y cambiar una situación de esa índole. Un gran ejemplo de ello podría ser el movimiento encabezado por Martin Luther King Jr. en EUA para mitigar el racismos hacia los afroamericanos.


Por ejemplo, la desigualdad que se vive en nuestro país está arraigada, en primera instancia, en la forma que nos conformamos como estado-nación: una nación hecha de conquistados y oprimidos en su mayoría, y gobernada por una élite que buscaba su emancipación de otro opresor, la corona española. Desde ahí el piso ha estado disparejo, y a lo largo de nuestra historia se han visto momentos donde las brechas se hacen más grandes y otros donde se van cerrando. Últimamente la brecha se ha hecho más grande; esto se suele atribuir a los últimos 30 años de política neoliberal, impuesta desde el Fondo Monetario Internacional y las medidas del Organización Mundial del Comercio. Se habla de una clase política cooptada por los intereses privados de unos cuantos, que solo trabaja para ellos. Esto se ve reflejado desde la forma en que se da el desarrollo urbano hasta en la legislación en materia financiera. Mi punto es: culpar a “la política” o “los políticos” de todo malestar social es olvidar que la sociedad la conformamos todas las personas, y por lo tanto sus problemas son nuestros también. Que en el esquema actual, hay perdedores y ganadores, y la clase política se ha vuelto el medio que facilita la explotación (y en el camino se trata de beneficiar de ella, aunque luego la sociedad los castigue). Pero eso NO ES la política, por lo menos no en su esencia. Eso es un mal uso, un abuso, de una herramienta muy poderosa e indispensable para la construcción de una sociedad. Cuando se trata de usar la política para algo que no está hecha, eventualmente fracasa. La gente la repudia, se hartan y abandonan los intentos de organización colectiva. A eso me refiero con que fracasa, porque deja de cumplir su función. Que los que se aprovechan del poder se sigan saliendo con la suya significa que la política ha perdido, aunque ellos sigan ganando ¡No es para eso!


Tenemos que recuperar urgentemente la política, esa que es de todas las personas y no lo que se vive como una realidad lejana e incómoda de enfrentar, controlada por unos cuantos. Cualquier problema de índole social nos implica y concierne a todas, aunque no de la misma manera. Cada persona cumple un rol en la sociedad, de manera consciente o no, de manera explícita o no, tu existencia tiene efecto en los demás. La cosa es, cuando las cosas están mal, ¿qué queremos hacer? ¿Reforzar el status quo, aceptarlo, o retarlo? Cuando un amigo insulta a alguien por su condición económica, color de piel, o solo por prepotencia ¿le aplaudes, te quedas callado, o lo cuestionas y le haces ver su error? Cuando las personas de tu edificio deciden darle una mordida al señor de la basura para que no tengan que separarla, ¿te conformas o reclamas? Desde esas pequeñas decisiones se construye la sociedad, desde ahí se hace la política, desde lo local.


La historia también nos condiciona de manera inevitable. Por ejemplo, mi generación no inició la quema de combustibles fósiles desmedida, ni la continuó ya que se veían los problemas que causaría. Sin embargo, a nosotros nos está tocando vivir sus consecuencias, pero no estamos reclamandole a los ingleses del siglo XIX que pusieron la revolución industrial en marcha, sin saber que eso desataría una quema de combustibles fósiles letal y un modelo económico insostenible a largo plazo. No podemos cambiar el pasado, pero sí podemos elegir cómo lidiar con sus consecuencias de mejor o peor forma con la información que tenemos ahora. Nos toca tratar con el cambio climático, la sequías, los incendios forestales masivos, el aire y agua contaminados, la extinción de varias especies, pérdida de ecosistemas. Nos toca lidiar con la desigualdad arraigada en nuestra historia nacional que desata violencia, clasicismo y demás; con la violencia de género perpetrada a lo largo de los siglos por los roles de género, los cuentos de Eva en la Biblia, y yo qué sé, un montón de cosas más que ya estaban dañadas cuando yo llegué a este mundo. Suena desesperanzador ¿no? Pero algo se tiene que hacer. Con el caso del cambio climático, mi generación está combatiendo este futuro inminente buscando estilos de vida más sostenibles, dejando el coche (o comprando híbridos), consumiendo de manera más responsable, adoptando dietas veganas, etcétera. Acciones individuales que pretenden tener un impacto colectivo. ¿Será suficiente? 


Para frenar el cambio climático lamento decir que no. No dar mordidas o no recibirlas tampoco acabará con la corrupción. Porque los problemas de esa magnitud requieren de un cambio a nivel social, que reorganice las estructuras por completo, que movilice masivamente, que ordene, que regule. Aunque nos calme la conciencia, comer carne una vez a la semana en lugar de dos o tres no hará la diferencia. A menos de que lo hiciéramos todos, al mismo tiempo, hace 30 años. Aunque no demerito a las personas que lo hacen (yo incluida), porque algo es algo y me gusta dormir tranquila (aunque sea un autoengaño). Entonces, ¿cómo enfrentar un problema que necesita e implica a la sociedad en su conjunto?


“Los milennials descubren la política”


Por medio de la política, de la toma de decisiones en colectivo, para el colectivo. Al final del día, eso es la política, tan necesaria el día de hoy. ¿Y dónde está? Entre tu y yo, y lo que decidamos hacer hoy con nuestro futuro. Entre ellas y ellos, y la relación que decidan tener a partir de hoy, ahora. Todas. Es nuestra, solo hace falta tomarla. Mientras los humanos seamos humanos, la organización política será una necesidad para resolver los problemas que enfrentamos como sociedad. Por eso es importante recuperarla, porque por más mal que esté hoy, en su esencia es una necesaria (y muy poderosa) herramienta para impulsar el cambio, y como tal puede usarse para el bien común, o el bien de unos pocos, (que acaba siendo un mal para todos). Política sí, pero no como se vive hoy. Hay que ocupar los espacios, usar los mecanismo existentes y si estos no son suficientes, traer nuevas propuestas, darles forma, dar el ejemplo mediante la acción (estoy pensado en movimientos como Wikipolítca en México o el cambio que está impulsando Alexandria Ocasio-Cortez en Estados Unidos).


Hay que perderle el miedo a la participación, es lo que nos toca. El voto es un deber cívico, pero la participación ciudadana va más allá de tachar una boleta. La participación implica salir al espacio público y hacer algo ahí, más allá del confort de nuestras casas. Involucrarse en la toma de decisiones, informarse para poder opinar de manera constructiva (y no desde el ego, para imponerse a los demás, si no para construir juntos), exigir y también cumplir con lo propio. Como lo imaginaba Platón, una sociedad de justos sería aquella donde cada quien hiciese lo que le corresponde. Como no estamos en La República, tenemos que empezar por exigirnos a nosotros mismos hacer lo que nos toca. Ser ciudadanos, y no solo consumidores, o solo jóvenes, o solo pasivos.¡NO¡ Somos jóvenes y como tal tenemos el deber (sí, deber) de soñar mundos nuevos, de ser disruptivos, ser idealistas y querer cambiar el mundo. Pregúntenle a sus papás, a sus abuelos, todos pasan por aquí, y es de lo mejor, te van a decir. Aunque luego la vida les amargue, ahorita eso no nos toca. Imagínense un mundo con jóvenes amargados, gruñones, malhumorados. En ese mundo yo no quiero ser joven, o simplemente no quiero ser. Aunque nos llamen ilusos, aunque las decepciones duelen, vale la pena.


Mi forma de soñar es involucrándome en la construcción de una mejor sociedad más allá de la comodidad de mi casa y de mi cuenta de Twitter; en otras palabras, me involucro (o intento hacerlo) en la política. Sí, soy “grilla”, en el mejor de los sentidos. ¿Tú en qué sueñas, y como lo intentas hacer realidad?

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