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Mercedes y las bestias


Cuando recuerdo a Mercedes la veo sentada en su silla mecedora, con afán de ser la principal vestidura de su humilde habitación. Su choza estaba justo en medio del espacio entre la casa y el herbolario, escondida por varios árboles que le hacían casa. Dentro podía envolverse en su larga cabellera obscura para escuchar el evangelio, aunque con el notable obstáculo de que no entiende el español.

Siempre me pregunté en qué pensaba. Era como si los sonidos de su radio robada la calmaran, con todo y que para ella aparentemente no dijeran nada. Era una bestia taciturna, enredada en palabras sordas.


Era la última de una línea de mujeres que se dedicaron siempre a administrar la casa de los Garza. Su bisabuela fue la primera ama de llaves, y después de que tuviera una hija y ésta falleciera, lo fue entonces su abuela. Así con su madre y ella misma. Ese era el siempre de la familia de Mercedes. Y cuando un siempre es categórico y ocupa todo, no existe nada fuera de ese universo. Si buscamos a Mercedes en los libros de la autoridad, brillará el hecho de que no está dentro del Registro Público Nacional. En la ley ella es nada, un cuerpo vacío, sin dueño. En la historia no será más que un fantasma, un susurro, lo mismo que a una bestia.


Para Mercedes su familia siempre fueron los Garza, ellos fueron su techo y alimento. Se sabe que fueron los Garza los primeros en ponerle un baño único al jefe de servicio en su casa. A los que siguieron los Carrera, los Cienfuegos y los Flores. También fueron quienes le compraron sus únicos dos vestidos, que no le armaban muy bien. Uno grandísimo y otro chiquitito, por lo que si quería usar alguno tenía que moldear su cuerpo desde semanas antes para que pudiera entrar en ellos. De vez en cuando, a Mercedes le traían los niños Garza un dulce o una botana de la ciudad para que disfrutara unas horas. Y también cabe mencionar esa silla mecedora que desechó la madre del señor Garza al morir. Esos eran todos sus privilegios, todas sus posesiones, toda su existencia.


Hay que subrayar que Mercedes concebía su existencia solo en esas treinta y dos hectáreas de bosque escondido atrás de la montaña. Nunca salió de ahí, o le interesó lo que de ahí en fuera pase. Su imaginario del mundo estaba compuesto por los relatos de la radio, las imágenes de la televisión, y las pocas noticias de los diarios que le contaban muy a veces los niños Garza, porque ella no entendía bien el español.


A Mercedes pues, el mundo fuera de casa de los Garza le parecía medio muerto y aburrido. Lejano a ella, e insignificante para lo que a ella le importaba. Y es que solo quería hacer un buen trabajo, porque si no era hija de un país, al menos lo era para los Garza y para Dios. A ellos vaya que les interesaba que Mercedes trabajara bien. Ella era la que mantenía la casa en orden, limpia, y organizada, mediante la dirección del enorme cuerpo de servicio. Comandaba a todos y hacía un trabajo impecable. Era la soberana de los sirvientes, una reina invisible. Dentro de esta burbuja, vaya que no era un cuerpo vacío.


Pese a eso, hay que saber que a Mercedes no le gustaba tanto usar corona, su mayor felicidad era pasear sola por el bosque de casa de los Garza, sentir la brisa que venía fresca desde la parcela más lejana, y el disfrute del paso del aire perfumado de todas las flores del mundo por los agujeros de su avergonzada nariz. A veces incluso cortar unos cuantos lirios, para pretender que crecían de los árboles que acogían su choza.


Le fascinaba también ver la montaña, que era un extremo de su universo, en contraste con el misterio forestal que el horizonte encerraba al otro lado. Y en medio, la casa de los Garza: su jaula, su cielo, su tierra.


Pese que nadie recordaba la edad exacta de Mercedes, y aunque su tragedia fue siempre la ignorancia, el verdadero terror comenzó cuando tenía una mediana edad. Esos fueron los días en los que todos empezamos a discutir cuál sería el momento en el que concibiera una hija.


El 20 de Junio del año de su muerte pasó algo que pocos supieron. Cuando Don Fausto, el secretario particular del señor Garza –léase también, hombre de compañía– arregló una visita para que Mercedes tuviera relaciones sexuales con el Mayordomo de los Flores, que vivía en casa de los mismos al otro lado de la montaña.


No habían querido los Garza que Mercedes ni su familia tuvieran un descendiente con alguien tan cercano nunca (con todo y que ella no conocía nada fuera de esa casa). Pero eran tiempos difíciles, sobre todo para los Garza. No era una bestia la prioridad en sus cabezas.


Ellos, los Garza, participaban en una industria un tanto inusual. Comerciaban hombres y mujeres (aunque no lo presumieran así). Habían tenido unas movidas con los jefes del Registro Público Nacional desde siempre. Los Garza traían personas del viejo mundo para nacionalizar, y el Registro Público Nacional les daba documentación. A cambio, los Garza tenían remuneraciones muy altas para cada decena de personas que trajeran y pudieran trabajar en las nuevas fábricas del gobierno.


Realmente fueron los Garza quienes poblaron esta ciudad, de ahí que en el centro histórico haya una figura representando a la familia original, incluso con la bisabuela de Mercedes, representada en el farol que siempre está prendido por las noches. Pero como todo, el nuevo mundo dejó de ser nuevo, y ahora que había acabado la persecución del otro lado del mar la gente estaba dejando de venir. Entonces fue lógico que para los Garza el asunto del embarazo de Mercedes pasara directamente a un segundo, tercer, o último plano.


Llegó el día anunciado y el mayordomo de los Flores bajó de un vehículo bellísimo que tomó por suya la entrada de la casa. Él llevaba por nombre, Pedro. Un hombre de alta estatura y porte erguido que fue en los ojos de Mercedes un amanecer, aunque ella fuera, en los ojos de Pedro, un eclipse.


La puerta de la habitación de Mercedes estuvo cerrada varias horas. Y cuando Pedro salió, nunca volvió.

Semanas después era de conocimiento público que Mercedes esperaba un bebé, y todos entendían menos ella.


¿Cómo sabría? Mercedes no hablaba bien el español porque así como antes yo, solo conocía el Garzo. Es el idioma –si se le puede decir así– que hablábamos en casa de los Garza, hecho especialmente para el cuerpo de servicio. Se compone solo de frases que en español podemos identificar como “Claro, señora; en un momento, señor; cuente usted con ello” y algunas palabras para la interacción más arcaica.


La señora de limpieza me enseñó a mí de poco en poco a hablar español, pero la familia de Mercedes siempre se aferró a la lealtad con los Garza.


Después de unos meses Mercedes notó que en su barriga había un tumulto violento que golpeaba la superficie. Yo recuerdo notar con extrañeza cómo a la señora Garza le daba mucha gracia cada que veía a Mercedes extrañada del bulto que cargaba con ella, y ¡cómo le divertía la extrañeza en su rostro cuando éste creció!


El día que Mercedes desapareció yo la vi como siempre, paseando en el campo de lirios de la señora Garza, hasta que no la vi más. Nadie la volvió a ver hasta unas semanas después. Cuando sacaron su tieso cuerpo del fondo del lago podría jurar que vi cómo sus ojos se movían hacia arriba. Tuve que haberlo imaginado porque el médico dijo que llevaba ahí al menos diez días. Pero la recuerdo ahí, en vilo, suspendida en el pálido frío de los dos cuerpos que cargaba.


Han pasado meses de aquello. Bastaron esos para que todos se olvidaran de la verdadera tragedia que vive en esa casa. Que el terror de lo inhumano se esconde en la rutina.


Hoy a veces en la ciudad noto el Garzo en otras personas, pero de diferentes maneras. Terminan ahogadas en lagos imaginarios. A veces me armo de esperanza y les digo. Pero creo que sus oídos sirven solo para defenderse del castigo que aguardan en las sombras. No saben para qué son las estrellas, y les confunde terriblemente soñar despiertos. Les tratan como animales, y entonces se vuelven bestias.


Hay muchas bestias en la ciudad, se amenazan unas a otras mostrando sus afiladas dentaduras en la más sincera de las advertencias. Pero incluso ahí, en la violencia, solo habrá en sus ojos miedo. Miedo de volverse aquello que ya son, de ser fantasmas de la historia, desprendidos del amor. De ser bestias humanas.

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