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Mérida, Yucatán.


¿Somos realmente libres? Ese cuestionamiento filosófico ha perseguido a la humanidad por muchos siglos y yo quiero centrarlo en un punto en el que requiero un criterio abierto y un debate respetuoso.


La madre de Hannah Gadsby –según relata en su especial de comedia en Netflix- le dice que le alegra haberla crecido sin ninguna religión y se disculpa por haberla educado como mujer heterosexual porque pensaba que era lo correcto.


No, la mayoría no somos realmente libres o al menos no crecimos así. Nuestro padres nos recibieron y nos colocaron en un molde hecho con amor, pero imperfecto, un molde en el cual, si te va bien, sólo podrás estar ciertos años de tu vida, pero con repercusiones que te impactarán y formarán parte de quien eres. No eres libre porque ese molde trae consigo una religión, una identidad sexual, una política y una educación a veces limitante de la creatividad. Una verdadera libertad sería como lo dice sabiamente la madre de Hannah, un ser libre de religión –hasta que ese ser decida adoptar una- y de la presión hetenormativa.


Una problemática que considero importante y relevante en la historia de cada persona son los ritos de las instituciones religiosas que son impuestos en una etapa temprana de la vida de las personas. Debo empezar declarando que no pertenezco a ninguna institución religiosa, no profeso ni creo en ellas. Ni siquiera creo entrar en los múltiples conceptos creados por las personas ante su necesidad de encasillarse y sentirse pertenecientes a un tipo, a una categoría o algo masivo. Me agrada la perspectiva de Dios de Baruch Spinoza, pero tampoco me limito a ella y no escribo esto para exponer mi postura personal sobre Dios.


A lo que pretendo llegar con todo esto, es a la razón por la cual yo creo que en nuestro mundo, le dimos a luz a una falsa idea de libertad. Un sentido intenso de lucha que se presenta en las personas en todo su haber, desde un niño queriendo apresurarse a ser adulto y dejar que sus padres le dejen comer un dulce en la noche o el adolescente que quiere llegar tarde a casa, hasta el adulto que quiere libertad política, económica o incluso sexual.


Todo esto es a título personal y no pretendo criticar, sino ser crítico. Como hijo de padres católicos, nieto de abuelos católicos y bisnieto de bisabuelos aún más católicos. Fui bautizado ante la iglesia católica y no sólo eso, fui manipulado –perdón mamá- para querer hacer mi primera comunión al ser interpretada como una fiesta, un evento de celebración equivalente al cumpleaños. No, esto no es insignificante. Al menos ha sido un cuestionamiento constante en mi vida de adulto joven.


Es decir, nos educan nuestros padres imponiéndonos su religión, o peor aún, miles de familias pseudo católicas, que no profesan y únicamente es a título de costumbre, bautizan a sus hijos sin tener la convicción. Siendo inocentes seres, de meses o un par de años, que llegan al mundo con plena libertad -aunque cien por ciento dependientes porque somos seres inútiles- nos imponen algo tan personal y reflexivo como una religión o una creencia en Dios.


Creces o te forman para creer en lo que te enseñan y no para ser un crítico, para aprender a decidir, para conocer la pluralidad, por eso nos volvemos seres intolerantes, mentes cerradas y limitadas a lo que en la ignorancia de los que nos rodean, nos enseñan. No critico a los padres o la forma en la que educan a sus hijos, comprendo que es algo “normal” o lo “socialmente aceptado” y por eso quiero invitarte a ti lector, a cambiar eso. A enseñarle a los niños sobre tu religión como una opción, no la única opción. Prepararlos para el día en el que sean capaces de tomar sus propias decisiones y no aprovecharnos de cuando aún no pueden para tomar decisiones por ellos que definirán su identidad.


¿Te imaginas un mundo en el que todos los niños crezcan conociendo sobre todas las religiones y las prueben?, ¿Niños sabiendo que el amor no se limita a la heterosexualidad? Yo sí, y me lo imagino muchísimo mejor. Crecer niños tolerantes, plurales y críticos. Que de niño sepas que la religión de tus padres no es la única ni la mejor, que sepas que hay más, que crezcan sabiendo que hay gente que no cree en Dios y está bien, que no es pecado la pluralidad y diversidad porque eso crea homofóbicos e intolerantes. Que te enseñen a respetarlas, a conocerlas. Que el mundo se quite esa venda y tabú sobre la sexualidad, que los niños sepan que papá y mamá pueden ser mamá y mamá o papá y papá, ¿por qué está mal?, ¿Por qué los confundimos?, ¿por qué les ocultamos el mundo?, ¿por qué les limitamos el criterio? O en mi caso ¿por qué tener que llegar a la adultez para poder definirnos?, sin injerencias externas y si no la queremos, sin las ataduras de tener ya un sacramento o un vínculo con alguna, que nos condene a no sentirnos libres. La lucha por la aceptación sexual y la tolerancia religiosa empieza por la crianza y formación del futuro. La homosexualidad no es una moda, la gente no decide pasar por el rechazo, reprimirse o incluso suicidarse por una moda, es algo real gente, la comunidad LGBT es una identidad, acéptala, acostúmbrate a su existencia y educa a las próximas generaciones a tener una perspectiva abierta del amor.


Salgamos del cascarón de la costumbre, acerquemos nuestras vidas al ideal de libertad, que ese concepto que a veces nos parece lejano, se vuelva cercano. Incentivar a seres pensantes y críticos no es tarea de la escuela, es de los padres. Lo que creemos no necesariamente es correcto ni debiera ser impuesto a los demás, exponerlo y defenderlo es importante, pero dejar ese libre albedrío es lo que hace a la vida y a las personas seres interesantes.

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