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Un fantasma recorre Latinoamérica: el fantasma del populismo

¿Qué es peor que un populista de izquierda?, un populista de derecha, y, ¿qué es peor que un populista de derecha? Un populista de extrema derecha.


Antonio Berni | Manifestación,1934.


El populismo en su núcleo es una forma de crear poder político por medio de la ruptura del viejo régimen y la dicotomización de la sociedad. El auge del populismo en el siglo XXI –creo yo– proviene de la facilidad del discurso. Es más fácil buscar culpables que hacerse cargo de los problemas. Sin embargo, esta manera de buscar el poder es, para decir poco, peligrosa, por la simple razón que fracturas los tejidos sociales en los países.


El populismo izquierdista, tuvo su auge en Latinoamérica en los treintas, después del fracaso del modelo liberal en el siglo XIX se buscó un modelo de nacionalismo y crecimiento endógeno. Vemos a Cárdenas en México, a Perón en Argentina y a Vargas en Brasil. Estos proyectos continuaron hasta los ochentas cuando fueron aplastados por los modelos neoliberales. A partir de esto, hubo una nueva ola de neopopulismos, Evo Morales en Bolivia, Chávez en Venezuela, Lula en Brasil, los Kirchner en Argentina, incluso Obrador en México. Todos estos son modelos políticos que reaccionan ante un modelo pasado.


Aunque no estoy de acuerdo con este modelo, puedo reconocer que existe una cierta preocupación social para cerrar la brecha de desigualdad, aunque con métodos intransigentes y a veces contraproducentes. El problema es cuando la izquierda demuestra sus limitaciones, que se ven reflejadas en crisis económicas, sociales y corrupción.


El populismo de derecha se basa en contrarrestar el déficit de la izquierda por medio del nativismo, el proteccionismo, neo-nacionalismo y sentimiento anti multicultural. El ejemplo más representativo sería claramente Donald Trump, el cual utiliza su retórica reaccionaria para arremeter contra cualquiera. Su chivo expiatorio –y el enemigo– ha cambiado durante su presidencia; al principio eran los mexicanos y musulmanes, luego los medios de comunicación como CNN, después los demócratas, Corea del Norte, los migrantes, etc. El punto es encontrar un culpable para enfurecer a sus seguidores.


La tercera crisis de Europa, –después de la crisis del Euro y la crisis migratoria– es el auge de partidos populistas de extrema derecha, este proyecto extremista tiene en sus orígenes una voz autoritaria, xenofóbica y neofascista, a parte de los mencionados anteriormente. Vemos en Polonia, Austria y Hungría específicamente, un auge antieuropeo y contra sistema. El PiS, que es el partido dominante en Polonia, amenaza con la democracia en su país al cambiar la legislación y poder manipular la Corte Suprema de Justicia a su favor.


Este fantasma de extrema derecha llegó a Latinoamérica con la elección de Jair Bolsonaro como presidente el 28 de octubre del 2018. La llegada de Bolsonaro en la presidencia es inaudita no solo en América Latina, pero en el mundo entero. Su mensaje de campaña fue claro y escalofriante. En primera instancia –y la principal razón por la que la gente votó por él– fue que sería un justiciero y traería el orden público a Brasil.


Para entender un poco a lo que se refiere, de 1964 a 1985, Brasil fue víctima de una dictadura militar, un tiempo de represión social. En 1985 los militares fueron vencidos, sin embargo, el país vivía un tiempo de recesión, una creciente deuda externa e hiperinflación. Los años de transición de la dictadura a la democracia fueron turbulentos. Hasta que, en el 2002, el populista de izquierda, Luiz Inácio Lula da Silva, tomó la oportunidad y fue elegido presidente. Durante su gobierno se redujo drásticamente la pobreza, los niveles de desigualdad y los niveles de educación se duplicaron. Pero debajo de estos logros, el sistema político estaba infestado de corrupción. En el 2014 se abrió una investigación llamada “Operación Auto lavado" en donde se encontró que los tentáculos de la corrupción estaban presentes desde la compañía nacional de petróleo, Petrobras, hasta los puestos más altos del gobierno. Incluso, Dilma Rouseff, la sucesora de Lula fue acusada y suspendida de la presidencia. El mismo Lula fue sentenciado a 12 años de cárcel por estar involucrado.


Podemos entender que la izquierda defraudó al pueblo y dejó un sentimiento pesimista, lo que dejó un vacío para que Bolsonaro se beneficiara del contra-discurso. No obstante, lo que no es entendible, son los matices que está utilizando. Él es un militar retirado y habla de la tiranía de la dictadura militar con nostalgia, casi como si la quisiera de regreso. Es abiertamente misógino, al agredir a congresistas y mujeres en general; es racista, al referirse a los quilombolas que son descendientes africanos como: “ellos no hacen nada. Ya no creo que sean buenos para la procreación"; es homofóbico, ya que en repetidas ocasiones ha incitado a la violencia a la comunidad LGBT, incluso una vez dijo que prefiere que su hijo se muera en un accidente de coche a que tenga una pareja del mismo sexo.


Estas declaraciones e ideologías han puesto en duda el futuro democrático de Brasil, el país más grande e importante de Sudamérica parece estar teniendo un efecto bumerán. Los problemas principales son: que se están mezclando ideologías políticas con personales, se está aprovechando de la coyuntura y las vulnerabilidades sociales, y se están bifurcando las ideas políticas.


La extrema derecha es un cáncer, no solo por sus efectos retrógradas, pero sobre todo por la atomización de la sociedad. Es un caballo de Troya, que promete la ley y el orden, pero lo único que trae es caos y fascismo. Vemos a las minorías siendo vulnerables de estos ataques directos y se legitima la violencia contra ellos.


La solución a esto es mucho más que la clásica fragmentación entre derecha e izquierda. Aunque el espectro político difiere en ciertos temas, ambos buscan el progreso de la nación, lo que incluye la unidad nacional. Creo que el populismo es el primer culpable a esta ruptura, ya que ha fomentado por años la división y la búsqueda de un chivo expiatorio. En segundo lugar, es extremar las ideologías políticas, dice el dicho que todo en extremo es malo.


Para evitar que el fascismo penetre a las sociedades se tendrá que repensar –no solo la manera de hacer política– pero cómo hacer una sociedad de inclusión, en vez de exclusión. Se deberá de repensar la lucha contra la corrupción y el modelo económico para que los beneficios lleguen a toda la población. Finalmente será tarea de la sociedad civil organizada ser el contrapeso contra la política podrida.

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