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Una bruja y una cerca


No debe extrañar a tantos si al describir a una persona de las primeras décadas del siglo pasado profundamente charra, dueña de vastas tierras, temida por todos sus pares y de un carácter vorazmente tenaz, muchos lleguemos a pensar en un hombre. En la película “Doña Bárbara” (1943) no encontraremos tal cosa. María Félix interpreta de manera sublime un personaje que desafía completamente todos los paradigmas machistas y misóginos del México de la época.


Es un tiempo en el que las mujeres nunca llegaban a ser ciudadanas reales. Incluso casadas estaban sometidas a la voluntad de su esposo. La dominación masculina, en su manifestación más perversa, absorbía todos los elementos de la vida pública. No existía tal cosa como voluntad general, solo la voluntad del hombre.


El feroz carácter de nuestra protagonista tuvo raíz en las atrocidades que los hombres le arrojaron desde joven. Aunque debe decirse que su trauma se acrecentó más por haber dado a luz a un producto de la violencia que le impusieron. En su hija, Marisela, veía el robo de su dignidad, y el reflejo mismo de su mortalidad. Era su antónimo: alegre, pasiva y risueña. Por eso no cupo duda en su mente de que le era imposible cuidarla, y decidió dejarla crecer con el vecino.


Hay algo simbólico en que Doña Bárbara haya tenido que recurrir al ocultismo y la santería para lograr hacerse de bienes y forjar su camino por el mundo. La magia y su astucia le permitieron adquirir tierras y bastante dinero. Literalmente lo sobrenatural se volvió en ella la única respuesta a lo antinatural de la misoginia. Más aun, Doña Bárbara se vuelve la soberana de tal comunidad. Una líder temida y respetada; una monarca que forjó su propia corona con velas y desvelos.

El lic. Santos Luzardo, un hombre de aparente buena voluntad y sentido de justicia, es el antagonista a la historia de Doña Bárbara. Ni con su astucia, ni con su magia, ella logra someter al abogado. Por el contrario, él le generará a ella una severa crisis moral.


La cerca que se ve obligada a construir representa un punto de quiebre tanto en la historia como en la personalidad de nuestra protagonista. Doña Bárbara no es la caricaturización hollywoodense de la femme fatale, sino un personaje complejo: con desarrollo de carácter y crecimiento personal. Es, después de todo, y en contra de todos, una persona humana completa.


Quien busque en esta película un retrato de la época encontrará varios elementos que se asemejen a ella, debido a la gran ambientación y producción que maneja la cinta. Pero el espectador se encontrará con un México muy diferente. En la realidad no existe, ni entonces ni ahora, ningún hechizo que desprenda a las mujeres de la violencia masculina. Lo que sí presenta esta obra es, en cambio, una idea guajira. Algo impensable para la institución tan anciana de la virilidad: que las mujeres pueden hacer perfectamente los mismos trabajos que hacen los hombres –o incluso, mucho mejor–.

Referencias:

De Fuentes, Fernando. et al. (1943) Doña Bárbara. Clasa Films Mundiales. México. Venezuela.

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